
Se le puede divisar desde su colina, había visto abatirse la bandera de su compañía, a unos metros, cañones enemigos se escuchaban cuando en el momento se vio un oficial , caminando con la sábana blanca y todos se preparaban, allá abajo, para consumar la deserción, para abandonar su puesto de batalla, echando a correr hacia el lado contrario. Era tanto lo que se perdía en ese momento, nuestro honor. El fuego enemigo no cesaba, la humareda de los sartenazos cubría el avance del enemigo, ocultándolo de nuevo a sus ojos.
Con el catalejo incrustado bajo la ceja, fruncía el ceño, no podía permanecer impasible, esto no podía estar pasando, pero permanecía inmóvil. A su alrededor todos los oficiales se apresuraron a poner cara de circunstancias, como si la cosa no fueran con ellos.
Los gritos, las estampidas ahora estaban aumentando, los disparos eran más certeros ,el olor a sangre ,la artillería enemiga nos estaba aniquilando sin pasión, metralleta en mano , a bocajarro, pero ellos seguían luchando y muriendo.
El oficial que llevaba la bandera de la rendición continuaba su camino hacia el deshonor, hacía la vergüenza, un oficial hizo un comentario ---------merece que lo degraden a cabo, no merece tener un rango y mientras sus hombres estén cayendo en el campo de batalla a ver si se le pega a usted algo de patriotismo, como el de esos valientes.
El oficial en cuestión, se afloja el cuello de la guerrera, le estaba apretando mucho y no le dejaba respirar, con los ojos extraviados y lleno de angustia.
Vuelve a mirar por el catalejo, impasible, frío, sin inmutarse nada con lo que les estaba cayendo del cielo y con todo el conocimiento de las circunstancias y de la decisión que debía tomar.
Por fin el toque del corneta anuncia que una unidad que quedaba en la retaguardia está avanzando, comienza a subir por el lado opuesto de la colina preparada a batirse en combate. Una vez arriba ,se pone al mando y al frente de la misma ,desplegando las estandartes y banderas se disponen a enfrentarse con esas piezas que escupen fuego abajo, en la llanura ,donde yacían los cuerpos chamuscados del flanco derecho, desplegándose en escuadrones multicolores, con los sables, cuerpos mutilados y descuartizados, eran irreconocibles, los que aun podían mantenerse en pie, se disponen a morir.
Tararí, tararí, suena la corneta, listos para la memorable carnicería que los llevará a la gloria y que los hará entrar de perfil, a los vivos y a los muertos, en los libros de Historia.
Cuando, valiente como un toro español cuando sale valiente, levanta su espada por encima de su cabeza, da las órdenes oportunas, y se disponen a morir.
Cuantas batallas perdidas por empecinamientos, por pensar que llevamos razón, por no dar nuestro brazo a torcer.
Nos dejamos guiar con muy buena voluntad por personas, manipuladoras, enfermas, no somos capaz de controlar nuestra vida, si no es atreves de ellos.
Hay veces que nos comportamos como los burros y respetando al propio animal que no tiene culpa.
¿Merece la pena jugarse lo propio y lo ajeno?
Rectificar es de sabios, aunque tengamos que rendirnos, la rendición no siempre es perder, sino todo lo contrario.
La vida es nuestra batalla particular, dependiendo como luchemos en ella así nos irá.
Somos de los que luchamos o somos los que nos dejamos llevar, eso nos lo tendremos que responder nosotros mismos.