
Este cuento se lo dedico a mis hijos: Nacho, José y Miguel
Trufa, una tortuga de color marrón que vivía dentro de una caja de zapatos, era un poco perezosa, tomaba el sol todo el día. Le encantaba tumbarse panza arriba al lado de una blanca y soleada pared en la arena de la playa o en cualquier superficie que fuera lisa que estuviera caliente.
Un día Trufa decidió que tenía que conocer mundo y decidió viajar ,¡ tenía que hacer las maletas!.
Lo primero que deseaba conocer era un parque, le habían dicho que tenía columpios y toboganes grandes.
Caminados unos metros Trufa paró a descansar debajo de un árbol, de improviso le cayó encima una hoja y alarmada exclamó -¡vaya!-, malhumorada continuó su viaje, unos metros después decidió descansar un rato debajo de una parra, al poco tiempo le cayó encima una uva. y otra y otra… -¿Qué pasa hoy no hace más que llover cosas?- se preguntó confusa mientras se alejaba de allí.
Continuo su camino, caminando hasta que, cansada, encontró lo que creyó era un pequeño desierto en realidad era un rectángulo lleno de arena en un jardín. Como no lo sabía, y ante la perspectiva de cruzar un desierto, se puso a descansar. De improviso, un niño apareció de la nada y le pisó en su alocada carrera, le dolió tanto que casi gritó al niño que le había pisado, pero claro, las tortugas marrones como ella no saben gritar, ni hablar , en realidad lo que mejor saben hacer es descansar. Así que, sintiendo el dolor de su cola pisada, salió rápidamente de ese sitio tan peligroso inhóspito, lleno de peligros y caminando llegó a un lugar del jardín con mucho césped y se detuvo a descansar de nuevo.
Ya hemos dicho que es una tortuga muy perezosa, siempre quería descansar y siempre se dormía bajo el sol, pero ese día pasaban cosas muy raras. Al poco de dormirse, le cayó encima de su cabeza una pequeña pelota de madera, - ¡Córcholis! – Pensó- ¡Qué día más raro, no paran de caerme cosas!- y se dijo a sí misma mientras salía a toda prisa del lugar - llevo una vida muy peligrosa-
Volvió a caminar, despacio por césped de un precioso jardín del parque, - ¡Eureka!, exclamó - --ya puedo contemplar el parque- pero, como estaba cansada, consideró que sería buena idea tumbarse en el césped. y así lo hizo.
Pero empezó a llover, enseguida paró y enseguida volvió a llover y volvió a parar y así muchas veces- ¡qué día más raro! - exclamó muy enfadada. -no paran de caer cosas del cielo y cuando llueve, lo hace de forma intermitente- no sabía que no llovía, sino que estaba en marcha el riego automático del jardín.
Aunque estaba cansada, pensó que no era un momento para ver mundo y regresó a su aburrida pero segura caja de zapatos
